
EL MURO DE CRISTAL
La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales de la «Torre Esmeralda», el edificio más exclusivo de la ciudad. Julián, un joven repartidor de mensajería urgente, entró jadeando al vestíbulo con un pequeño paquete térmico sujeto con fuerza. Su uniforme estaba empapado, pero sus ojos reflejaban una urgencia desesperada. Al intentar subir al ascensor principal, una mujer vestida con pieles y joyas ostentosas, llamada Penélope, le bloqueó el paso con su bolso de diseñador.—»¿A dónde crees que vas?»— siseó Penélope con desprecio. —»Este ascensor es para residentes, visitantes distinguidos y personas con clase. El personal de servicio y los repartidores de tu calaña usan las escaleras de carga al fondo del pasillo».—»Señora, por favor, esto es una medicina crítica. La niña del 111 está teniendo una crisis y no hay tiempo»— suplicó Julián.—»No me importa. Las reglas son las reglas. Sube por las escaleras o vete»— respondió ella mientras las puertas doradas se cerraban, dejándolo solo en el mármol frío.
II. EL ASCENSO DEL HÉROE
Sin dudarlo un segundo, Julián corrió hacia las escaleras de emergencia. Subió los escalones de dos en dos, con los pulmones ardiendo y el corazón martilleando en sus oídos. Piso 5… Piso 10… las piernas le temblaban, pero la imagen de la urgencia lo empujaba. Finalmente, llegó al piso 14, empapado en sudor y casi sin aire.Al llegar al apartamento 111, la puerta estaba abierta. Una mujer lloraba desesperada con su hija de 8 años, Sofía, desvanecida en sus brazos. —»¡Aquí está! ¡Lamento la tardanza!»— gritó Julián entregando el paquete. La madre, con manos temblorosas, sacó la inyección de insulina y la aplicó con precisión. Minutos después, que parecieron siglos, la pequeña Sofía abrió los ojos y comenzó a recuperar el color en sus mejillas. La crisis había pasado.
III. EL PESO DE LA JUSTICIA
Minutos después, entró al apartamento el dueño de la propiedad, Don Valeriano, un hombre de gran influencia y abuelo de la niña. Al enterarse de que Julián tuvo que subir 14 pisos por las escaleras debido a la crueldad de una vecina, su rostro se endureció.—»¿Quién fue la persona que te detuvo?»— preguntó Don Valeriano. Julián la describió con detalle. El hombre llamó de inmediato a la administración. Resulta que Penélope no era dueña de su apartamento; lo alquilaba a una de las empresas de Don Valeriano y debía varios meses de mantenimiento, comportándose como si fuera la dueña del edificio.
IV. LA RECOMPENSA Y EL DESTINO
Don Valeriano bajó al vestíbulo junto a Julián. Allí estaba Penélope, quejándose con el conserje porque el ascensor «olía a humedad». —»Señora Penélope»— dijo Don Valeriano con voz de trueno. —»Usted acaba de poner en riesgo la vida de mi nieta por su soberbia. El contrato de su apartamento queda rescindido en este instante. Tiene 24 horas para desalojar, y esta vez, usará las escaleras para bajar sus maletas, ya que parece que le gustan tanto».Penélope se quedó muda, viendo cómo su mundo de apariencias se derrumbaba. Don Valeriano se giró hacia Julián y le entregó un sobre con una suma generosa, además de ofrecerle una beca completa para estudiar la carrera de medicina que el joven tanto anhelaba.
MORALEJA
La verdadera altura de una persona no se mide por el piso en el que vive ni por el ascensor que utiliza, sino por la disposición de su corazón para ayudar a los demás. La arrogancia es un peso que tarde o temprano te hace caer, mientras que el esfuerzo y la bondad son los únicos escalones que te llevan verdaderamente a la cima.